El sabor que se lleva en la sangre: La zaranda de Palmilla ya es patrimonio reconocido
Representando a una comunidad que lleva más de un siglo perfumada por el humo del aromo y el eucalipto, llegaron Ariel Vásquez, Melania Alarcón, Mauricio Encina, Lorena Lobos y Margarita Gutiérrez. No traían solo un producto, sino una tradición campesina centenaria que nace en la tierra del secano y termina en el paladar de todo un país que añora los "sabores de antes".
El ciclo del ají en Palmilla es un calendario de vida: comienza con la semilla a fines de verano, pasa por el almácigo en invierno y el trasplante en primavera, hasta llegar al otoño, cuando las zarandas comienzan a humear ininterrumpidamente.
La zaranda es el corazón de esta historia. Es una estructura de adobe y ladrillo donde el tiempo se detiene. Allí, los frutos se esparcen sobre rejillas de madera, mientras en la "tronera" central el fuego hace su magia.
Los cultores, con una maestría que no se enseña en universidades, aplican sus saberes para que el ají logre ese color, aroma y textura exactos. Incluso buscan un sonido peculiar: el de un fruto perfectamente seco que cruje al ser agitado. Como bien decía Pedro Vergara, un palmillano de tomo y lomo, este oficio es una herencia de los abuelos de sus abuelos; un saber que surgió de la ingeniosidad campesina al adaptar las rejillas de coligüe —usadas originalmente para zarandear el vino— al secado del ají en las cocinas antiguas.
Hoy son cerca de 48 familias las que mantienen viva esta llama. Para ellas, el ají no es solo sustento; es una trama comunitaria de ayuda mutua donde el conocimiento rebasa el ámbito doméstico para convertirse en un sello de identidad colectiva.
Para quienes visitan la zona, el ají de Palmilla es un viaje sensorial a la infancia, a las cocinas a leña y a los guisos de la abuela. Pero para los palmillanos, es su forma de estar en el mundo. Al recibir este reconocimiento como uno de los seis nuevos registros patrimoniales de Chile, el país les devuelve un poco de ese calor que ellos han entregado por décadas. Ahora, el humo de sus zarandas no solo subirá al cielo del Maule, sino que quedará protegido en la memoria oficial de la nación, asegurando que el sabor a Palmilla siga impregnado en el alma de las futuras generaciones.