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El mar donde termina el desierto: Los guardianes de las caletas de Antofagasta

Patrimonio Alimentario en Chile

El mar donde termina el desierto: Los guardianes de las caletas de Antofagasta

Publicado el 06/02/2026
DELEGACION ANTOFA
En una región donde el mapa nos dice que el agua es un milagro ausente, existe un grupo de familias que ha convertido el silencio del desierto en un diálogo eterno con el océano. Recientemente, en el Centro Cultural La Moneda, ese saber que no se estudia en libros sino que se hereda en la cubierta de un bote o en la orilla de una roca, recibió su justo lugar en el Registro de Patrimonio Cultural Inmaterial.

Representando a una estirpe de recolectores y pescadores, personas como Karin Rojas Díaz, María Barraza Bolvarán, Solange Molina Briceño, José Torres Hidalgo y Magdalena Salazar Cuellar llevaron a la capital para participar en la Ceremonia de Reconocimiento a los Patrimonios Inmateriales 2026. Allí llevaron el testimonio de una vida que late entre el río Loa y el río Salado. Ellos no solo extraen recursos; ellos custodian los ciclos de un ecosistema que, a falta de ríos que desemboquen en sus costas, depende enteramente del respeto y el conocimiento de quienes lo habitan.

Desde Cifuncho hasta caleta Punta Arenas, pasando por Paposo y Hornitos y otros asentamientos, la vida en las caletas de la región de Antofagasta se rige por un ritmo distinto al urbano, donde el orgullo de la identidad costera se mide por la capacidad de leer las corrientes y el cielo.

Para estas familias, el mar es el centro de un universo que exige sabiduría. No se trata simplemente de pescar, sino de entender la danza de las corrientes para dar con la albacora, o de saber exactamente en qué momento recolectar el pulpo, las jaibas o las anémonas —los conocidos "potos"— sin romper el delicado equilibrio del borde costero. Especial atención merece su manejo de los huiros: en un mundo que a veces parece volcado a la depredación, estos recolectores son los ingenieros de la sostenibilidad, cuidando los bosques submarinos como si fueran sus propios jardines, sabiendo que de esa preservación depende no solo el plato de hoy, sino la vida de los que vendrán.


La pesca artesanal en el norte no es solo un oficio, es un sistema de tradiciones orales donde los abuelos enseñan a los nietos a reconocer la presencia de las especies en un territorio sin agua dulce, transformando el mar en su única y vital fuente de subsistencia.

Al integrarse formalmente como patrimonio de Chile, esta labor de las caletas antofagastinas deja de ser vista como una actividad económica aislada para ser entendida como una cultura del borde costero. Es el triunfo de la memoria familiar sobre la modernidad apresurada. Hoy, cuando estos hombres y mujeres regresan a la soledad de sus caletas, llevan consigo el reconocimiento de un país que por fin entiende que, en el desierto más árido del mundo, el patrimonio tiene el color del salitre y manos curtidas por el trabajo artesanal.

 

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